Los Sonatori de la Gioiosa Marca de Treviso, acompañandos por el violin de Carmignola, entusiasmaron con su Vivaldi. En esta continuación de un disco anterior titulado «Balli Capricci e Stravaganze», dos intuiciones se confirman. La primera es que su magia no residia sólo en Carmignola; la segunda, que pueden con igual fortuna acometer repertorios menos familiares, como el de comienzos del siglo XVII veneciano. No hay aquí exhibicionismos redundantes ni dramatismos exacerbados. Los Sonatori prefieren la cohesión sin falla, las ricas sonoridades, un virtuosismo asombroso pero siempre ajustado, y saben destilar tanto un legato dulcísimo como staccati cristalinos. La atención a las sutilezas de las partituras es constante, con una sucesión de escenas inesperadas y precisas y un arte de la retórica impresionante. A lo largo del programma (excelentemente expuesto en las notas) abundan las sorpresas. Desde el principio, las sonoridades de terciopelo (el chitarrone...) de una canzone de Rovetta; la alianza extraña y sutil de los timbres de dos violines y una viola en otra canzone del mismo compositor; la construcción antifónica de una sonata a tres de Fontana; la fanfarria imitativa de una sonata de Castello; el eco admirable de otra sonata para tres violines de Marini... Habría que nombrar todas las obras, que revelan una precisión con el arco de orefebres y que encadenan los contrastes sutilmente, más que acentuar las rupturas. De esta forma cada adorno se presenta natural y lógicalmente. Los Sonatori no hacen teatro, simplemente hablan, pero con un lenguaje de una retórica perfecta.