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No. 745 Septiembre 2002

Ritmo

Totum Revolutum

De nombres recorren la casi totalidad de los nueve discos que acaba de lanzar el sello Divox: los de Andrea Marcon y Pere Casulleras. El primero es intérprete en muchos de ellos, bien como solista, bien como integrante de otros grupos. El segundo es un prestigioso y peculiar ingeniero de sonido catalán (aunque recuerdo una excelente grabación suya de nace años como organista) que aparece como responsable técnico (y en algunas, además, artistico) de muchas de estas grabaciones. Es cierto que el conjunto es un auténtico totum revolutum (grabado entre 1995 y 2001) y que aquí resulta imposible entrar en detalle en el repertorio o en las interpretaciones. Empecemos por lo mejor, o más interesante, que son sin duda los dos discos que Andrea Marcon dedica a lo que denomina «la herencia frescobaldiana». Interpretados en dos órganos históricos de su Treviso natal, Marcon repasa el formidable legado organístico de la segunda mitad del siglo XVII, en un amplio abanico geográfico que incluye desde Purcell o Blow en Inglaterra hasta Storace o Pasquini en Italia o Froberger y Scherrer en Alemania, con una inclusión puntual en las «Flores de Música» de nuestro Antonio Martin y Coll. Formado por Zehnder en la Schola Cantorum Basiliensis (y ahora compañero suyo en el claustro de la prestigiosa institución suiza, amén de profesor en el Conservatorio Sweelinck de Amsterdam), Marcon es un organista de unas condiciones fabulosas. En imposible no pensar en Gustav Leonhardt, que eligió obras muy similares a éstas en sus històricos registros realizados en los Alpes y en órganos del norte de Italia para Seon, pero lo cierto es que Marcon construye versiones siempre incontestables: Su «Passacaglia» de Kerll o su «Fantasia» de Froberger son, por ejemplo, un modelo de construcción formal. En un repertorio tan differente como las Sonatas de Scarlatti, pensadas originalmente para clave, Marcon deslumbra por igual: su elección de los registros (oìganse los flautados en la K.305, por ejemplo) facilita el trasvase instrumental: su pulsación clara y una articulación cuidadísima se encargan del resto. Mucho menos interesante es el disco dedicado al Padre Davide de Bergamo, un compositor del siglo XIX cuyas obras sacras demuestran oficio y conocimiento del instrumento, pero que no pueden competir ni de lejos con los prodigos contenidos en los discos de Marcon recién comentados. Muy interesante vuelven a ser los dos discos de los Sonatori de la Gioiosa Marca, no sólo por su enorme calidad como intérpretes (Marcon colabora con ellos en el segundo de los reseñados) sino, fundamentalmente, por el repertorio elegido: suites théâtrales del muy poco conocido Agostino Steffani y música veneciana para cuerda de la primera mitad del siglo XVII, incluidos compositores de la talla de Biagio Marini (absolutamente sensacional su «Pass'e mezzo»), Dario Castello o Giovanni Rovetta, que empieza a emerger de las tinieblas (recordemos sus formidables Visperas interpretadas por Cantus Cölln). Los dos discos son muy recomendables, pero este segundo es realmente sensacional. Los tres últimos discos tienen un interés más relativo: el que dirige Rooley se centra en un manuscrito de la British Library: el Ensemble Musica Fresca desentona de lleno en este contexto; el del Ensemble Diferencias es aburrido. Hay mucho de donde elegir, sí, pero lo bueno brilla con luz propia.